CARMEN GARCÍA MONERRIS: Aquellos muertos, nuestro silencio

Actualizado: 25 de dic de 2018

Si preguntásemos a un estudiante de Historia qué ocurrió en Europa en 1933, es muy probable que nos contestase que ese fue el año de la subida de Hitler al poder. Pocos (o ninguno) nos contestarían que ese fue también el año de la terrible y provocada hambruna que azotó Ucrania (y otras zonas de la URSS) y que provocó millones de muertos, en lo que todavía se discute si fue o no un genocidio.

La responsabilidad no es estrictamente de ellos: prácticamente ningún programa de estudios sobre la Europa contemporánea incluye de manera explícita la historia de los países centrales y orientales del continente. En muy pocas universidades españolas existe una oferta específica dedicada a los mismos. Es cierto que la Revolución rusa constituye un capítulo inevitable (y necesario) en el diseño curricular, pero sigue siendo una historia de la revolución «desde» y «en» San Petersburgo, de la misma manera que durante muchos años la Revolución francesa fue «desde» y «en» París. Quiere ello decir que existe una propensión peligrosa a confundir realidades que fueron diversas y que tuvieron dinámicas específicas dentro de un relato único y centralizador; a confundir «la revolución» con «las revoluciones» a despreciar lo específico en aras de lo general o, al menos, a no plantear la necesaria interrelación entre estos dos planos.


Hace algunos años, el malogrado Tony Judt nos ponía ya sobreaviso de estas ausencias, de estos silencios que construían un imaginario incompleto de Europa y, por tanto, sesgado y parcial de nuestra propia historia. Diríase que a la altura del siglo XXI nuestra visión de aquello que se extiende más allá del Danubio sigue recordando el viejo mito de un Oriente coagulado y «asiático», con ciertos tintes de exotismo y, además, demasiado inclinado, por contraposición a Occidente, a generar y retroalimentar actitudes y prácticas despóticas o como mínimo autoritarias. La misma condescendencia con que actualmente la Unión Europea actúa respecto a algunas de estas prácticas constituye una prueba de la percepción diferencial y no integrada del continente. El amplio territorio de la Europa central y oriental sigue pareciendo una suerte de «tierra de nadie» o «no man´s land» en la que dirimen sus estrategias Rusia y la Unión Europea.


Nada nuevo, por otra parte, como demuestran los acontecimientos que siguieron a la I Guerra Mundial. De alguna manera, todos representamos el papel de uno de los protagonistas principales de la novela Drácula , Jonathan Harker, quien, de camino a Transilvania desde Londres, al cruzar un puente sobre el Danubio tiene la impresión súbita de haberse adentrado en otro mundo, lleno de exotismo y de naturaleza y costumbres extrañas.


Al abrir el libro de Timothy Snyder, Tierras de sangre, hay algo que nos impresiona mucho más que su contenido.


Vemos al principio del mismo la reproducción de un mapa de Europa en el que los territorios que van a ser objeto de su historia aparecen justamente en negro. La impresión es la de un agujero profundo, intenso, casi insalvable. Una perfecta metáfora de aquello que vamos a leer, de un espacio entre lo imaginario y lo real que a base de sangre se torna negro como el azabache, pero que también se vuelve casi inaprehensible para nuestras mentes occidentales, acostumbradas a ideas demasiado teleológicas del progreso y de la civilización. Seguimos sin saber qué fue aquello y, en consecuencia, seguimos sin transmitir a nuestros estudiantes una parte importantísima de nuestra historia como europeos.


El otoño pasado llamó mi atención un cartel en un tablón de anuncios de la Facultad de Derecho. Se comunicaba en él la proyección de una película, «Holod-33» (del ucraniano, el hambre del 33 o «Famine-33» en inglés), precedida de unas presentaciones a propósito del hecho histórico relatado en ella: la gran hambruna que asoló la Ucrania soviética entre 1932 y 1933 como consecuencia de la aplicación de la política estaliniana de colectivizaciones forzosas. Tenía una información vaga sobre este episodio del cual todavía hoy en la actualidad se sigue discutiendo el número de víctimas que ocasionó: hablamos de millones. Siempre lo había considerado (como en gran parte así fue) como un efecto más de la política de terror de Stalin, esa especie de «catarsis» macabra y planificada con la que quedó liquidada definitivamente la Revolución y sus esperanzas.


La película fue estrenada en Ucrania en 1991. Aunque de discutible calidad técnica y cinematográfica, la verdad es que debió producir un impacto emocional extraordinario. Alguna de sus imágenes resultan simplemente insoportables, no tanto por la dureza de lo que muestran, sino por aquello que insinúan (canibalismo como consecuencia de la hambruna). Lo más trascendental es el relato en sí mismo, los hechos históricos en los que se basa, mejor o peor expuestos. La trama que pone al descubierto actúa a manera de una pedrada lanzada directamente a la cara del espectador, incitando o provocando el final de un silencio y de un olvido impuesto, pero también buscado como forma de supervivencia.


Ante ello, se puede ser condescendiente con muchas de las ingenuidades técnicas y narrativas utilizadas por su director, Oles Yanchuk. Los recursos con los que se quiere mostrar, por ejemplo, la contraposición entre la Ucrania anterior a los bolcheviques y la de los años treinta son propios de un principiante: imágenes en color, con un blanco prístino de los trajes, de sana convivencia y casi bucólica felicidad en la familia campesina protagonista, en oposición a un blanco y negro diluido, gélido, neblinoso y cruel en el grueso del filme que relata la hambruna; rostros hoscos, demacrados, ceñudos, preocupados, pasmados y de miradas ausentes por contraposición a otros rebosantes de salud y alegres antes de las colectivizaciones.


Su excesivo maniqueísmo a la hora de explicar la historia es también notable: no sólo porque utilice, por ejemplo, la consabida oposición entre religiosidad tradicional del pueblo y nihilismo iconoclasta e inhumano entre los dirigentes soviéticos, sino por la renuncia total e intencionada que parece hacerse a la hora de una aproximación más compleja a la realidad.


Aunque es verdad que en ocasiones la fotografía de la película consigue niveles de gran expresividad y belleza. Son momentos en que la dureza ambiental y de la naturaleza se funde sin solución de continuidad con imágenes de unas vidas y de unos seres convertidos, a fuerza de sufrimiento, en auténticos fantasmas vagando por la niebla.


Pero me atrevo a decir que todo da igual; no importa tal o cual fallo o tal o cual ingenuidad; no importa que pensemos que la historia más didáctica no es necesariamente la más simple; no importa que echemos en falta el ambiente de las ciudades; no importa que nunca tengamos a lo largo de la película una visión general, contextualizada y significativa… Todo da igual. Con lo que al final nos quedamos es con esa sensación indescriptible entre conmoción y malestar físico, con la retina atrapada a esa imagen de una mujer toda de negro, de mirada ausente, agarrada a una hogaza de pan ya inútil y deambulando como una sonámbula en medio del desastre; con el inenarrable rostro enloquecido e incrédulo ante la brutalidad descubierta de la sinrazón del canibalismo; o con la sobrecogedora imagen de la gestión casi industrial de la muerte trasladada en vagonetas de ferrocarril y lanzada a un terraplén en cuyo final se ha excavado una profunda y ancha fosa…


Otro agujero negro, otro mapa en negro en la historia de esta Europa que parece resistirse a un relato de civilización, esa Europa de negro y de sangre admirablemente historiada por Snyder y esa Europa que todavía mantenemos disociada.


Afortunadamente, empezamos ya a tener argumentos y evidencias para intentar una nueva mirada. Tal como está demostrado la nueva Historia Global, mirar de otra forma, abrir en este caso el foco de atención, implica casi de manera automática descubrir zonas que habían quedado en la penumbra y, sobre todo, explicar de otra manera aquello que parecía ya sabido. En este sentido, el devenir de gran parte de la Europa central y oriental y, de manera muy especial, el de Ucrania, nos interroga y nos emplaza a asumir de una vez por todas aquello que hasta este momento hemos silenciado, por desconocimiento o por una visión sesgada.


El reciente libro de Dominic Lieven, sobre la caída del zarismo y la I Guerra Mundial, supone una puesta al día actualizada y renovada de la Revolución rusa en su contexto internacional pero también una revalorización estratégica y económica del papel desempeñado por el frente oriental, especialmente Ucrania. Son muchos los muertos y muchos los genocidios de impacto abrumador, y no sólo en el corazón de Europa, sino en toda una amplia y planetaria periferia: aquella que el imperialismo y el colonialismo occidental y nipón (a partir de un determinado momento) ayudó no sólo a entrelazar con intereses geopolíticos y económicos, sino también a empedrar con cadáveres y muerte.


Fuente: Cuando Ucrania perdió el grano y la vida. Materiales de conferencia sobre el Holodomor, la gran hambruna artificial en la URSS de Stalin, 2016, págs. 9-14 [ enlace ]


CARMEN GARCÍA MONERRIS ES CATEDRÁTICA DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA EN LA UNIVERSITAT DE VALÈNCIA.




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Proyecto divulgativo del Instituto 9 de Mayo.

Iniciado en 2018 con el apoyo del Ministerio de Asuntos Exteriores de Ucrania.

"Melodia" - Myroslav Skoryk
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