CARLOS FLORES JUBERÍAS: Genocidios condenados, genocidios discutidos y genocidios negados

Actualizado: 26 de dic de 2018

Aunque, en términos generales, uno se cuente entre los que poseen una visión más bien pesimista del género humano, periódica y sistemáticamente abonada por los acontecimientos que jalonan la escena internacional, es forzoso reconocer que la humanidad ha ido haciendo progresos, lentos pero constantes, en muchos ámbitos. Y que uno de ellos es la forma de ver y de tratar a quienes no pertenecen a nuestra propia comunidad, llámese ésta «tribu», «pueblo», «Estado» o «civilización».


Hace dos mil años, la frontera que separaba a los que integraban la propia comunidad de los que eran ajenos a la misma, a los «ciudadanos» de los «bárbaros», era una divisoria radical e insalvable. Hasta el extremo de que, con mucha frecuencia, al mismo tiempo que reconocíamos amplios derechos de participación y de ciudadanía a los que pertenecían a nuestra comunidad, negábamos éstos a los extraños, e incluso les disputábamos su misma condición de seres humanos. Y ello no solo en lejanos imperios, perdidos en las estepas de Asia o en las cordilleras de América del Sur, sino incluso en la misma cuna de nuestra civilización, en las culturas más avanzadas del mundo clásico en cuyo seno nacieron la Filosofía y el Derecho.


Quinientos años atrás, nuestros humanistas todavía debatían sobre qué fueran «los otros», discutiendo acerca de si el enemigo tenía alma, de si podía ser titular de algunos derechos o de si en el proceso de asimilación –conversión, se diría entonces– o de conquista –ambos considerados, por descontado, como legítimos– pudiesen haber algunos límites que debiésemos de respetar.


La idea de que existe una humanidad a la cual pertenecemos todos los que formamos parte de esta subespecie conocida como Homo sapiens sapiens, sin distinción de fronteras, de credos y de razas, es una idea todavía reciente, que en el mejor de los casos apenas tiene dos siglos de vida. Y aun así, después de que empezásemos a hablar de la humanidad y de la universalidad de los derechos humanos, hemos tenido que ver guerras sinnúmero, muchas de las cuales han sido además extremadamente violentas, viciosas y fratricidas.


De modo que constituye un avance muy relevante –creo– el hecho de que en los mediados del siglo pasado –hace, pues, apenas 50 años: prácticamente nada en la historia de la civilización– , hayamos empezado a entender que existe algo así como la Humanidad, de la que todos los individuos que pertenecen a la especie humana forman parte; y que hayamos empezado a extraer consecuencias prácticas de ello: a concluir que todos los hombres disponen de iguales derechos que debemos de respetar; y que la agresión a un grupo de ellos –por concreto que sea ese grupo, por puntual que sea esa agresión, por lejano que sea el lugar donde se verificó– constituye una agresión a toda la humanidad.


La idea de los «crímenes contra la humanidad» entraña un progreso evidente: hemos pasado de negar la condición de humano al bárbaro, al indio o al aborigen, reconocer que cuando se ensaya el exterminio del pueblo armenio o del judío, se asesina en masa a camboyanos o a tutsis, o se lleva hasta la muerte por inanición a ucranianos o sudaneses del sur, se está cometiendo un crimen contra la humanidad entera. No solo contra el individuo al que se asesina, ni siquiera contra el grupo concreto al que ese individuo pertenece, sino contra todo el género humano. De lo que naturalmente se deduce el derecho de la humanidad entera a detener esa agresión, y a responder a quien la perpetra. De aquí la imprescriptibilidad de los delitos de lesa humanidad, por su extrema dureza y extrema gravedad, y el derecho a la intervención humanitaria.


La idea de genocidio, por lo tanto, constituye un avance considerable en la humanización de nuestra civilización. La idea de que atentar contra una comunidad ajena a la nuestra –con la cual tal vez ni siquiera compartamos vínculos de sangre, ni religiosos, ni históricos, ni económicos– , constituye un crimen que todos estamos legitimados para perseguir y, eventualmente, para castigar, transforma de manera sensible la idea de ser humano, y en consecuencia nuestra imagen de nosotros mismos.


Ahora bien, el hecho de que hayamos avanzado considerablemente en este proceso, no quiere decir que no quede todavía una parte sustancial del camino por andar. Probablemente no sea la más larga ni la más exigente, pero no por ello deberíamos desatenderla. ¿A qué me refiero?


De entrada, a que en demasiadas ocasiones seguimos trivializando el término «genocidio», utilizándolo en nuestro lenguaje coloquial para fines espurios y contribuyendo con ello a su banalización. A menudo oímos la utilización de ese término en contextos que nada tienen que ver con su significado genuino.Genocidio es una palabra muy seria, que no debería ser utilizada con ligereza, de modo que hablar de «genocidio cultural» cuando se recortan las ayudas públicas para la producción cinematográfica, o recurrir al término genocidio cuando arrecia la violencia de género constituye una injustificable distorsión de un término en modo alguno pensado para referirse a ninguna de estas –por otra parte lamentables– realidades. De modo que una de las partes del camino que nos queda por delante consiste o requiere tomarnos en serio ese término y tratarle con toda la gravedad y con todo el dramatismo que merece.


Otra parte del camino, requiere tomar conciencia de la igualdad de todos los genocidios, consecuencia directa de la igual dignidad de todos los seres humanos y de todas las civilizaciones. Si el genocidio es un crimen contra la humanidad es porque cualquier comunidad de cualquier rincón del planeta tiene la misma dignidad y los mismos derechos que las que integran nuestra propia comunidad y nuestro propio país. Y si es así, no tiene mucho sentido que sigamos clasificando a los genocidios –obviamente, no de manera explícita sino por la vía de los hechos– en genocidios de primera y de segunda división. Pero esa, lamentablemente, es una práctica todavía viva.


Parece como que no debe caber duda de que hay un genocidio con mayúsculas, que se sitúa en una categoría aparte de los demás genocidios registrados por la Historia; en un plano distinto del de cualesquiera otros. Me refiero, obviamente, al Holocausto del pueblo judío, que se ha convertido en un acontecimiento histórico singularizable no solo entre los restantes genocidios, sino incluso entre cualesquiera otros episodios de la Historia por su condición de hecho indiscutible e injustificable.Injustificable en la medida en que nadie en su sano juicio intentaría disculparlo, o siquiera mostrar comprensión hacia sus perpetradores. E indiscutible no solo porque nadie a día de hoy –al menos en nuestro entorno cultural– cuestiona que sucediese, sino porque resulta en cierta medida refractario a la investigación y a la clarificación, desde el instante en que cualquier intento de revisión o de reconsideración de cualquiera de sus detalles es inmediatamente considerado un desprecio o una negación del hecho mismo del Holocausto. De ello resulta que el Holocausto ha quedado elevado a la condición de expresión última de la maldad humana, perpetrada por una organización y por un líder político identificados a su vez como el mal absoluto.


En comparación con el Holocausto del pueblo judío, cualesquiera otros genocidios que pudiésemos traer a colación están sujetos a alguna o algunas de esas prácticas que acabo de mencionar.


Algunos genocidios se hayan sujetos a la negación. Todavía hoy hay quienes niegan que hubiese un genocidio en Armenia, argumentando que el pueblo armenio fue víctima no de un intento deliberado de exterminio, sino colateralmente de un conflicto militar en el que sufrió bajas ciertamente relevantes pero sin que existiera por parte de las fuerzas otomanas una voluntad premeditada de exterminio. Es, de manera destacable, la versión oficial del gobierno turco, que admite que en los años 1912-14 murieron en sus fronteras orientales un número indeterminado de armenios, pero niega que eso fuese el resultado de una voluntad inequívoca de exterminarlos como pueblo.


Otros genocidios se hayan sujetos a la minimización, articulada en base al argumento de que «en efecto, hubo muertos; pero en la cuantía de lo que se argumenta: las cifras fueron mucho más modestas» y, esa es la consecuencia implícita, «mucho más asumibles» –en el supuesto de que hubiesen cifras aceptables.


Hay genocidios que se justifican; matanzas como la de los bosnios en Srebrenica que se disculpan bajo argumentos tan peregrinos –ante un crimen de esa magnitud– como los de «era una situación de guerra en la que todos hicieron cosas deleznables» o «había una insurrección que era preciso sofocar» o «era un momento histórico distinto».


Y, como consecuencia de todo ello, hay genocidios que son sencillamente ignorados: que se hallan sumidos en un pozo de olvido del que rara vez salen; que nunca son conmemorados más allá de los estrictos límites de la comunidad que los sufrió, que no se han incorporado a la memoria histórica colectiva de otras sociedades, que no han entrado a formar parte de las lecciones que a veces nos da la historia para las generaciones por venir.


Y luego ya está el genocidio que nos reúne en esta ocasión, el del Holodomor o Gran Hambruna ucraniana de 1932-1933, que se halla en el escalón más bajo de esta jerarquía, ya que es negado, es minimizado, es justificado y –sobre todo– es ignorado.


El Holodomor es un genocidio del que todavía se discute si existió: ¿hubo un intento deliberado de eliminar al pueblo ucraniano o fue simplemente el resultado de la inoperancia de las autoridades soviéticas a la hora de reformar el sistema agrícola del país? Es también un genocidio reiteradamente minimizado, cuyas dimensiones son recurrentemente valoradas a la baja. Es un genocidio con frecuencia justificado –o al menos disculpado– en base a la compleja situación de la Unión Soviética en los años treinta, una época convulsa en la que los ecos de la guerra civil aun no se habían apagado del todo y los de la Segunda Guerra Mundial empezaban a dejarse oír. Pero, sobre todo –y eso es lo más grave– es en gran medida un genocidio olvidado, si no desconocido.


La presencia en el debate público, en nuestro sistema educativo, en la prensa y los demás medios de comunicación, en el cine y en la literatura del Holocausto judío es abrumadora. Por ceñirnos a estos dos últimos planos, ¿quién no ha visto cintas como La lista de Schindler, El pianista o la recientemente galardonada El hijo de Saúl? ¿O quien no ha leído obras clave de la literatura contemporánea como la Trilogía de Auschwitz de Primo Levi, Sin destino de Imre Kertész o el famoso Diario de Anna Frank? Pero mientras incluso genocidios más distantes en el espacio como el camboyano han generado éxitos de taquilla como Los campos del silencio, y otros más remotos en el tiempo como el armenio pugnan con éxito por hacerse un lugar dentro de nuestra cultura e historia –aun está fresco en la memoria su centenario, y la amplia serie de iniciativas, conferencias, reuniones y también de declaraciones por parte de asambleas parlamentarias con las que fue conmemorado–, el genocidio ucraniano, la Gran Hambruna de 1932-33, se encuentra todavía en un plano muy distinto, en un escalón mucho más bajo. Es un genocidio cuya existencia se desconoce, incluso en sus más elementales detalles.


Valga como prueba de ello la bien modesta de mi propia peripecia personal: me considero una persona con una cultura general seguramente superior –no se si en mucho o en poco– a la media nacional, con un interés por la Europa Oriental que se ha venido extendiendo durante dos décadas ya, y que aun careciendo de formación como historiador se ha interesado repetidas veces por los críticos años treinta del pasado siglo. Y, aún así, antes de que se me propusiera hacer estas consideraciones sobre el Holodomor, reconozco que cuanto sabía sobre la Gran Hambruna ucraniana podría perfectamente haberse resumido en una servilleta de papel. Es más: seguramente ni siquiera tuviera al respecto la clara conciencia de que estuviésemos hablando de un autentico genocidio. A lo sumo, algunas lecturas hechas hace ya tiempo y en buena medida olvidadas hacían que rondara por mi cabeza la idea de que efectivamente Ucrania –o la parte de Ucrania que después de 1922 había quedado bajo el régimen soviético ruso– había sido asolada por una hambruna en algún momento entre el triunfo de la Revolución y la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial como consecuencia –recordaba, o quizás suponía– de una de las habituales disfunciones del sistema de planificación soviética que, en esta ocasión, había tenido como consecuencia colateral la pérdida de tal vez cientos de miles de vidas.


No fue hasta después de aceptar esta invitación a reflexionar sobre el Holodomor que, refrescando esas lecturas e incrementándolas, me empecé a percatar de que en efecto estamos hablando de un genocidio. Es decir: de la voluntad deliberada de exterminar una comunidad humana. Y hasta de borrar del mapa una nación entera.


Es sabido que Ucrania –históricamente conocida como «el granero de Europa»– , ha sido siempre un país inminentemente agrario, dotado de unos centros industriales y mineros que solo en la época soviética comenzaron a cobrar importancia, pero que en los años treinta eran puramente testimoniales, y en el que la tierra y sus moradores –el campesinado– constituían no solo el grueso de su población, sino incluso la columna vertebral de su nacionalidad. Valga a modo de testimonio de ello uno bien ilustrativo: el de la propia bandera ucraniana. Compuesta por dos franjas horizontales, la superior azul celeste y la inferior amarilla, la bandera ucraniana es una sencilla fotografía del paisaje más recurrente en este país, caracterizado por las interminables llanuras sembradas de trigo dorado, sobre las cuales se eleva un cielo azul.


Un país evidentemente agrario, que no solo vivía de sus campos y su agricultura, sino que también había elevado al campesino y a sus tradiciones a la condición de paradigma de su identidad nacional. Mientras otras culturas han idolatrado o convertido en icono de su identidad nacional a la figura del pescador, del comerciante, del aventurero, del descubridor, del guerrero o del obrero, en Ucrania el paradigma de la ucranidad –si es que esta palabra existe en castellano– era sin duda el campesino.


Por lo tanto, cuando las autoridades soviéticas se plantearon la colectivización forzosa del campo ucraniano, en contra de la lógica productiva, de las tradiciones multiseculares y de la voluntad expresa de sus habitantes, no se limitaron a ensayar un nuevo sistema de organización económica más o menos bienintencionado sobre la base de unos cálculos más o menos rigurosos.


Muy al contrario, llevaron a cabo un programa rigurosamente planificado de erradicación la personalidad y la identidad del pueblo ucraniano, encaminado a socavar las bases de su identidad nacional, al objeto de contribuir a la construcción del nuevo Homo sovieticus, que tuvo como consecuencia nada colateral la eliminación física de millones de ucranianos.


Recuérdese que estamos hablando de los años treinta del pasado siglo: la Unión Soviética se había constituido hacía menos que una década y, al hacerlo, Ucrania había vuelto a perder su independencia, apenas recuperada en 1918. Estaba por hacerse prácticamente todo en esa Unión Soviética recién nacida y, sobre todo, estaba por imponerse la gran idea de una nueva civilización basada en una nueva cultura. Y para los autores intelectuales de esa pretensión, era evidente que para naciese ese Homo sovieticus, antes tenía que morir la figura del campesino ucraniano.


Eso es precisamente lo que eleva al Holodomor a la condición de genocidio. La Gran Hambruna de 1932-33 no fue el resultado de una mala planificación económica, inevitable en un sistema acosado por sus enemigos internos y externos, cuya implantación distaba aun de ser irreversible, sino el resultado de una voluntad intencionada de erradicar aquello que el pueblo de Ucrania consideraba la columna vertebral de su identidad.


Y por si alguien lo dudara, contamos al respecto con algo que en caso del Holocausto judío nunca hemos llegado a tener: los documentos minuciosamente redactados y pulcramente firmados, en donde se ordena claramente «bloquéense los pueblos que no entreguen sus cosechas a los comisarios», «impídase la salida de ellos de los campesinos», «impídase la entrada en ellos de alimentos», «ejecútese a quienes boicoteen el bloqueo», «ejecútese o encarcélese a los individuos que oculten sus granos o sus cosechas», «ejecútese en el lugar a quienes roben propiedad del koljós (las nuevas granjas colectivas)». Se conserva, incluso, con la firma del mismísimo Stalin, el texto de la llamada «Ley de las cinco espigas», en virtud de la cual bastaba con tener en la mano el equivalente en trigo a cinco espigas para ser considerado un contrarrevolucionario y, por lo tanto, un reo de alta traición.


Es decir, tenemos todos los elementos necesarios como para hablar de un genocidio: están los muertos, en cifras además de auténtico espanto, está la voluntad deliberada de acabar con su vida, y –pese a todas las diligencias para no dejar ni rastro– están los documentos que explican cuál fue el modo en el que se procedió, cuál fue la cadena de mando que llevó al exterminio de estos millones de ucranianos. Una cifra, por cierto, que si es objeto de controversia es porque entonces se ordenó no registrar las defunciones y llevar a cabo enterramientos colectivos, a ser posible en lugares inhóspitos.


Así pues, lo único que nos queda para elevar el Holodomor a alturas que se merece, es la concienciación, es el recuerdo y es el análisis. Es garantizar la constancia y la presencia en nuestra memoria de estos hechos históricos. Y aunque de eso se vengan ocupando, por una parte, las autoridades ucranianas y, por otra parte, las numerosas comunidades ucranianas en el exterior, que han conseguido que a estas alturas sean relativamente numerosos los parlamentos –nacionales y autonómicos– , así como las asambleas de carácter internacional, que se han pronunciado al respecto con mayor o menor discreción, nada de ello es suficiente. Que en la 58º Asamblea General de las Naciones Unidas (2003) en un documento de trabajo se haya proclamado la Gran Hambruna de 1932-33 como la tragedia nacional del pueblo ucraniano o que el Parlamento europeo haya valorado el Holodomor como «crimen contra la humanidad» (2008) constituye pasos de enorme importancia, pero poca cosa en comparación con el más decisivo de elevar esta tragedia al rango de referente histórico de primera magnitud y de referencia inexcusable en cualquier historia de Europa en el siglo XX.


De hecho, soy de la opinión de que los parlamentos deberían de dedicarse a hacer leyes que mejoren la calidad de vida de sus ciudadanos, ámbito éste en el que aun tienen un amplio terreno por delante. Y también de la opinión de que Ucrania, en tanto que país asediado por numerosísimas necesidades –materiales y políticas– , agradecería en estos momentos difíciles de su historia el apoyo y la solidaridad de todos los parlamentos y de todos los gobiernos del mundo –sobre todo, si esa solidaridad y si ese apoyo se demostrase en la práctica. Sea como fuere, nos corresponde a nosotros, los ciudadanos, la tarea más sencilla pero importante de tener presente el relato de esos sucesos y de procurar que no se vuelvan a repetir ni en Ucrania ni en ningún otro sitio.


En la línea de recordar aquellos sucesos y aprender un poco más de los mismos se encuentra también el que es –de momento– el único filme sobre la Gran Hambruna ucraniana: Holod-33. Basada en la novela El príncipe amarillo de Vasyl Barka, «Holod-33» es un retrato inmisericorde e inquietante de la Gran Hambruna ucraniana cuajado de escenas perturbadoras que no van a resultar agradables de ver, pero que van a servir de valiosa herramienta para entender mucho mejor la magnitud y el dramatismo de esta tragedia. Quizás desde el punto de vista cinematográfico, no sea una gran película. Pero tal vez ello tenga su lado bueno: con demasiada frecuencia, las películas históricas distorsionan la verdad de los hechos con su argumento y con su inevitable carga de dramatismo. La recurrencia con la que la industria cinematográfica introduce el elemento romántico en cualquier tipo de trama argumental hace que con demasiada frecuencia acabemos fijándonos más en el atractivo de la pareja protagonista o en los detalles de su peripecia amorosa que en el drama de fondo que, en última instancia, justifica la película.


En «Holod-33», en cambio, no hay galanes que capten la atención del espectador, ni dramas románticos que oculten el trasfondo trágico del filme; no hay más que unas escenas perturbadoras, fiel retrato de una realidad mucho más inquietante que en ningún momento se trata de dulcificar, ni de ocultar.


Terminaré con una reflexión también cinematográfica. La Gran Hambruna ucraniana tuvo lugar justo en las mismas fechas en las que un cineasta aragonés rodaba una cinta con el dramático título de Tierra sin pan. Estoy hablando de la gran película o falso documental que Luis Buñuel filmara en la entonces desdichada comarca extremeña de Las Hurdes, en 1932. Cualquiera que vea Tierra sin pan acabará a buen seguro con su estómago revuelto después de visionar una tras otra las escenas dramáticas de hambre, miseria, ignorancia, enfermedades, y epidemias que jalonan la cinta de Buñuel. Pero entre Holod-33 y Tierras sin pan hay importantes contrastes. Y no me refiero a que en esa España miserable de 1930, todavía hubiera caballos en los que montarse, gallos a los que descabezar en las fiestas populares y campos en donde encontrar frutos silvestres. Había, sobre todo, un camino de salida hacia el progreso y un gobierno dispuesto a abordar esas necesidades, y no a aprovecharse de las mismas para deshacerse de quienes las padecían. Todo un mundo de diferencia entre aquellas y estas tierras; y es que, mientras que aquellas –las españolas– se habían quedado privadas de pan como consecuencia de una maldición multisecular, en éstas –las ucranianas– el pan había desaparecido de las mesas de los campesinos como consecuencia del inflexible designio de un poder absoluto, llevado además de un injustificable impulso genocida.


Fuente: Cuando Ucrania perdió el grano y la vida. Materiales de conferencia sobre el Holodomor, la gran hambruna artificial en la URSS de Stalin, 2016, págs. 25-37 [ enlace ]


CARLOS FLORES JUBERÍAS ES CATEDRÁTICO DE DERECHO CONSTITUCIONAL EN LA UNIVERSITAT DE VALÈNCIA Y POLITÓLOGO ESPECIALIZADO EN EL ESTE DE EUROPA.

© 2018-2019

Proyecto divulgativo del Instituto 9 de Mayo

Con el apoyo del Consulado General de Ucrania en Barcelona

Melodia - Myroslav Skoryk
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